podía»; y, en cuanto a la perspectiva de vivir en Hartfield, pudo exclamar con osadía: «¡Antes él que yo!». Pero la señora Elton estaba en verdad muy disgustada. «¡Pobre Knightley! ¡Pobre hombre!; triste asunto para él». Estaba sumamente afligida; pues, aunque muy excéntrico, tenía mil buenas cualidades. ¿Cómo había podido dejarse embaucar así? No creía en absoluto que estuviera enamorado; ni lo más mínimo. ¡Pobre Knightley! Se acabaría toda relación agradable con él. ¡Qué feliz había sido yendo a cenar con ellos siempre que se lo invitaba! Pero eso se habría acabado para siempre. ¡Pobre hombre! ¡Se acabaron las excursiones a Donwell organizadas para ella! ¡Oh!, no; habría una señora Knightley para echar agua fría sobre todo. ¡Sumamente desagradable!
Pero no sentía en absoluto haber insultado al ama de llaves el otro día.—Un plan espantoso, vivir juntos. No funcionaría jamás. Conocía a una familia cerca de Maple Grove que lo había intentado, y se habían visto obligados a separarse antes de que terminara el primer trimestre.