Campbell le habían prometido a su hija quedarse al menos hasta el solsticio de verano, y le habían llegado nuevas invitaciones para unírseles allí. Según la señorita Bates—todo procedía de ella—, la señora Dixon había escrito con suma insistencia. Con tal de que Jane fuera, se buscarían los medios, se enviarían sirvientes, se conseguirían amigos—no se permitiría que existiera ninguna dificultad de viaje—; ¡pero aun así ella lo había rechazado!
“Debajo debe de haber algún motivo, más poderoso de lo que parece, para rechazar esta invitación”, fue la conclusión de Emma.
“Debe de estar cumpliendo algún tipo de penitencia, impuesta ya sea por los Campbell o por ella misma. Hay un gran temor, una gran cautela, una gran resolución en alguna parte.—No ha de estar con los Dixons. El decreto ha sido dictado por alguien. Pero ¿por qué ha de consentir en estar con los Eltons?—He aquí un misterio totalmente aparte”.
Al expresar ella su extrañeza en voz alta sobre esa parte del asunto, ante los pocos que conocían su opinión acerca de la señora Elton, la señora Weston se atrevió a ofrecer esta disculpa por Jane.
—No podemos suponer que disfrute mucho en la vicaría, querida Emma, pero es mejor que estar siempre en casa. Su tía es una buena criatura, pero, como compañera constante, debe de ser muy pesada. Debemos considerar lo que deja la señorita Fairfax antes de condenar su gusto por aquello a lo que va.
—Tiene usted razón, Mrs. Weston —dijo Mr. Knightley con calidez—, Miss Fairfax es tan capaz como cualquiera de nosotros de formarse un justo juicio de Mrs. Elton. De haber podido elegir con quién