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Capítulo VIII

que Harriet tardara tanto en volver empezaba a inquietarla. La posibilidad de que el joven fuera a casa de la señora Goddard esa mañana, se encontrara con Harriet y expusiera su propia causa le inspiraba ideas alarmantes. El temor a semejante fracaso, a fin de cuentas, se convirtió en su principal inquietud; y cuando Harriet apareció, de muy buen humor y sin tener ningún motivo de esa índole para justificar su larga ausencia, sintió una satisfacción que la tranquilizó consigo misma y la convenció de que, dijera o pensara el señor Knightley lo que quisiese, no había hecho nada que la amistad y los sentimientos de una mujer no justificaran.

Él la había asustado un poco respecto al señor Elton; pero cuando consideró que el señor Knightley no lo había observado como ella lo había hecho, ni con el interés, ni (debía permitirse pensar, a pesar de las pretensiones del señor Knightley) con la habilidad de semejante observadora ante una cuestión así como ella, que se lo había dicho precipitadamente y con enojo, fue capaz de creer que él había dicho más bien lo que deseaba con resentimiento que fuera verdad que aquello de lo que supiera algo.

Sin duda él podía haber oído al señor Elton hablar con menos reservas de las que ella jamás lo había hecho, y el señor Elton tal vez no tuviera una disposición imprudente o inconsiderada en cuestiones de dinero; lo natural era que estuviera más bien atento a ellas; pero, aun así, el señor Knightley no tenía debidamente en cuenta la influencia de una gran pasión en lucha con todos los motivos interesados.

El señor Knightley no veía tal pasión y, por supuesto, no pensaba en sus efectos; pero ella veía demasiado de ella como para albergar dudas de que pudiera superar cualquier vacilación que una prudencia razonable pudiera sugerir en un principio; y estaba muy segura de que un grado de prudencia mayor que el razonable y decoroso no le correspondía al señor Elton.

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