Quedé muy complacida con todo lo que dijo. Nunca le oigo decir necedades a nadie más que a Robert Martin. Siempre habla con sentido común; es franco, directo y de muy buen juicio.
Me lo contó todo: su situación y sus planes, y lo que todos pensaban hacer en caso de que se casara. Es un joven excelente, tanto como hijo como hermano. No dudé en aconsejarle que se casara. Me demostró que podía permitírselo; y siendo ese el caso, estaba convencida de que no podía hacer otra cosa mejor.
También alabé a la bella dama y, en suma, hice que se fuera muy feliz. Si antes nunca había valorado mi opinión, en ese momento debió de tener un concepto altísimo de mí y, me atrevo a decir, se marchó de la casa creyendo que yo era la mejor amiga y consejera que un hombre jamás había tenido.
Esto ocurrió anteanoche. Ahora bien, como podemos suponer razonablemente, él no dejaría pasar mucho tiempo antes de hablar con la dama, y como no parece haberlo hecho ayer, no es improbable que esté hoy en casa de la señora Goddard; y es posible que ella se vea entretenida por una visita, sin considerarlo en absoluto un desgraciado fastidioso».
—Dígaeme, Mr. Knightley —dijo Emma, que había estado sonriendo para sus adentros durante gran parte de este discurso—, ¿cómo sabe usted que Mr. Martin no habló ayer?