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VII

día, sería un consuelo muy pequeño saber que su marido sabía escribir una buena carta».

—¡Oh! sí, muchísimo. A nadie le importa una carta; lo que importa es estar siempre feliz con compañía agradable. Estoy completamente decidida a rechazarlo. ¿Pero cómo lo haré? ¿Qué le diré?

Emma le aseguró que no habría ninguna dificultad en la respuesta y le aconsejó que la escribiera al momento, a lo que se accedió con la esperanza de contar con su ayuda; y aunque Emma siguió protestando contra la necesidad de cualquier ayuda, de hecho la prestó en la redacción de cada frase.

El hecho de volver a leer su carta para contestarla tuvo un efecto tan suavizante que era particularmente necesario fortalecerla con unas cuantas expresiones decisivas; y estaba tan sumamente afligida ante la idea de hacerlo desgraciado, y pensaba tanto en lo que su madre y sus hermanas pensarían y dirían, y estaba tan ansiosa por que no la creyeron ingrata, que Emma creyó que, si el joven se hubiera cruzado en su camino en aquel momento, habría sido aceptado a fin de cuentas.

Esta carta, sin embargo, fue escrita, sellada y enviada. El asunto estaba concluido y Harriet a salvo.

Estuvo un tanto decaída toda la noche, pero Emma supo comprender sus amables pesares y, a veces, se los aliviaba hablándole de su propio afecto, a veces trayendo a colación la idea del señor Elton.

—Jamás volverán a invitarme a Abbey-Mill —dijo con un tono más bien melancólico.

—Ni, de serlo, podría soportar jamás separarme de ti, mi querida Harriet. Eres demasiado indispensable en Hartfield como para prescindir de ti y dejarte marchar a Abbey-Mill.

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