Puede ser posible prescindir del baile por completo. Se conocen casos de jóvenes que han pasado muchos, muchos meses seguidos sin asistir a ningún baile de ninguna clase, sin que ello suponga un perjuicio material ni para el cuerpo ni para la mente;—pero cuando se da un comienzo—cuando se han llegado a experimentar, aunque sea levemente, las felicidades del movimiento rápido— hay que ser un grupo muy soso para no pedir más.
Frank Churchill había bailado una vez en Highbury, y anhelaba volver a hacerlo; y la última media hora de una velada que el señor Woodhouse se había dejado persuadir para pasar con su hija en Randalls, la pasaron los dos jóvenes ideando planes al respecto.
La idea había sido de Frank, y suya la mayor pasión por llevarla a cabo; pues la dama era quien mejor juzgaba las dificultades y la más solícita en cuanto a la comodidad y las apariencias.
Pero aun así, ella tenía suficiente inclinación por volver a mostrarle a la gente lo maravillosamente que bailaban el señor Frank Churchill y la señorita Woodhouse —por hacer aquello en lo que no tenía de qué sonrojarse al compararse con Jane Fairfax—, e incluso por el simple hecho de bailar, sin ninguna de las malvadas ayudas de la vanidad, como para ayudarle primero a medir a pasos la estancia en la que se encontraban para ver qué cabía en ella, y luego a tomar las dimensiones del otro salón, con la esperanza de descubrir, a pesar de todo lo que el señor Weston pudiera decir sobre su exacta igualdad, que era un poco más grande.
Su primera propuesta y petición —que el baile comenzado en casa del señor Cole se terminara allí, que se reuniera el mismo grupo y se