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XLIV

La mezquindad de la excursión a Box Hill estuvo en los pensamientos de Emma durante toda la noche. Cómo la considerarían los demás miembros del grupo, no lo sabía.

Ellos, en sus diferentes hogares y a su manera, tal vez la recordaran con agrado; pero, a su juicio, era una mañana más completamente malgastada, más totalmente desprovista de satisfacción racional en su momento, y más digna de aborrecerse en el recuerdo, que cualquiera otra que hubiera pasado jamás.

Toda una noche de chaquete con su padre era la dicha comparada con aquello. Ahí, en verdad, residía el verdadero placer, pues allí estaba dedicando las horas más dulces del día al bienestar de él; y sentía que, por inmerecido que fuera el grado de su afecto cariñoso y su confianza, ella no podía, en su conducta general, ser objeto de ningún reproche severo.

Como hija, esperaba no carecer de corazón. Esperaba que nadie pudiera decirle: «¿Cómo pudiste ser tan insensible con tu padre? Debo decirte las verdades, te las diré mientras pueda».

Miss Bates jamás volvería a... ¡no, nunca! Si la atención en el futuro podía borrar el pasado, podía abrigar la esperanza de ser perdonada. Había sido a menudo negligente, su conciencia se lo decía; negligente, tal vez, más en el pensamiento que en los hechos; desdeñosa, desatenta. Pero no volvería a ser así. En el calor de la verdadera contrición, la visitaría a la mañana siguiente misma, y aquello sería el comienzo, por su parte, de un trato regular, igualitario y afectuoso.

Estaba tan decidida cuando llegó el día siguiente, y fue temprano, para que nada pudiera impedírselo.

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