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Capítulo XL

“¡Al señor Elton ni más ni menos!”, exclamó Harriet indignada.⁠—“¡Oh! no”⁠—y Emma pudo captar al vuelo las palabras: “¡Tan superior al señor Elton!”.

Ella se tomó entonces un tiempo más largo para reflexionar. ¿Debería no avanzar más?—¿debería dejarlo pasar y aparentar no sospechar nada?—Tal vez Harriet pudiera considerarla fría o enojada si lo hacía; o tal vez, si guardaba total silencio, eso solo llevaría a Harriet a pedirle que escuchara demasiado; y contra cualquier cosa parecida a aquella falta de reserva que había existido, a aquella abierta y frecuente discusión de esperanzas y probabilidades, estaba firmemente decidida.—Creía que sería más prudente decir y saber de una vez todo lo que tenía intención de decir y saber. La franqueza siempre era lo mejor. Previamente había determinado hasta dónde llegaría ante cualquier solicitud de esa clase; y sería más seguro para ambas establecer con rapidez la sensata ley de su propio criterio.—Estaba decidida y habló así—

—Harriet, no pretenderé dudar de lo que quieres decir. Tu resolución, o más bien tu expectativa de no casarte nunca, surge de la idea de que la persona a quien podrías preferir sería demasiado superior a ti en posición social como para pensar en ti. ¿No es así?

—¡Oh!, señorita Woodhouse, créame que no tengo la presunción de suponer... En verdad no estoy tan loca. Pero es un placer para mí admirarle desde la distancia... y pensar en su infinita superioridad sobre todo el resto del mundo, con la gratitud, el asombro y la veneración que son tan propios, en mí especialmente.

—No me sorprende en absoluto lo que dices, Harriet. El servicio que te prestó fue suficiente para calentarte el corazón.

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