ni del otro a la una, que ambos no hubieran podido oír.
“Tiene usted suerte.—Su único error se limitó a mi oído, cuando imaginó a cierto amigo nuestro enamorado de la dama”.
“Es verdad. Pero como siempre he tenido una opinión verdaderamente buena de la señorita Fairfax, nunca habría podido, por ningún malentendido, hablar mal de ella; y en cuanto a hablar mal de él, en eso debía de estar a salvo.”
En este momento apareció el señor Weston a poca distancia de la ventana, claramente al acecho. Su mujer le dirigió una mirada que lo invitaba a entrar; y, mientras él daba la vuelta, añadió:
—Ahora, querida Emma, te ruego que digas y aparentes todo lo necesario para tranquilizar su corazón y predisponerlo a estar satisfecho con el matrimonio. Saquemos el mejor partido de esto; y, en verdad, casi todo puede decirse en su favor con justicia. No es una alianza para ufanarse; pero si el señor Churchill no siente eso, ¿por qué habríamos de sentirlo nosotros? Y puede ser una circunstancia muy afortunada para él —para Frank, quiero decir— que se haya encaprichado de una muchacha de tanta firmeza de carácter y buen juicio como los que siempre le he reconocido, y sigo dispuesta a reconocerle, a pesar de esta única gran desviación de la estricta regla de lo correcto. ¡Y cuánto puede decirse en su situación incluso de ese error!
—¡Mucho, en realidad! —exclamó Emma con sentimiento—. Si a una mujer se le puede perdonar alguna vez que piense solo en sí misma, es en una situación como la de Jane Fairfax. De alguien así, casi puede decirse que «el mundo no es suyo, ni tampoco la ley del mundo».
Salió al encuentro del señor Weston en cuanto este entró, con el rostro sonriente, exclamando: