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Capítulo XXVI

El primer sonido lejano al que sintió la obligación de prestar atención fue el nombre de Jane Fairfax. La señora Cole parecía estar relatando algo sobre ella que se esperaba que fuera muy interesante. Escuchó, y descubrió que valía la pena escuchar. Aquella parte tan querida de Emma, su imaginación, recibió un divertido suministro.

La señora Cole contaba que había estado visitando a la señorita Bates, y que nada más entrar en la habitación le había llamado la atención ver un pianoforte —un instrumento de aspecto muy elegante, no uno de cola, sino un pianoforte cuadrado de gran tamaño—, y la chicha del asunto, el final de todo el diálogo consiguiente de sorpresa, preguntas y felicitaciones por su parte, y explicaciones por la de la señorita Bates, era que este pianoforte había llegado de Broadwood el día antes, para gran asombro de ambas tía y sobrina —completamente inesperado—; que al principio, según el relato de la señorita Bates, la propia Jane no sabía qué pensar, estaba totalmente desconcertada al imaginar quién diablos habría podido encargarlo, pero que ahora ambas estaban plenamente convencidas de que solo podía venir de un sitio; por supuesto, tenía que ser del coronel Campbell.

—No se puede suponer otra cosa —añadió la señora Cole—, y lo único que me sorprendió es que alguna vez pudiera haber habido dudas. Pero Jane, al parecer, recibió una carta de ellos hace muy poco, y ni una sola palabra se mencionó al respecto. Ella es quien mejor conoce sus costumbres; pero yo no consideraría el silencio de ellos como motivo alguno para que no tengan la intención de hacer el regalo. Podrían decidir sorprenderla.

La señora Cole tenía a muchos de acuerdo con ella; todos los que hablaban del asunto estaban igualmente convencidos de que debía de venir del coronel Campbell, y se alegraban por igual de que se hubiera hecho semejante regalo; y había suficientes personas dispuestas a hablar como para permitir que Emma pensara a su manera y al mismo tiempo escuchara a la señora Cole.

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