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Capítulo XXXVI

Su descripción de la señora Churchill me hizo pensar en ellos enseguida. Una gente apellidada Tupman, establecida allí hace muy poco, y cargada de parientes de baja estofa, pero que se dan unos humos inmensos y pretenden estar al mismo nivel que las familias de solera. Año y medio es lo máximo que pueden llevar viviendo en West Hall; y cómo hicieron fortuna, Dios lo sabe. Vienen de Birmingham, que no es un lugar que prometa mucho, ya sabe, señor Weston. Uno no abriga grandes esperanzas con Birmingham. Siempre digo que hay algo funesto en el sonido: pero no se sabe nada más en firme de los Tupmans, aunque muchas cosas, le aseguro, se sospechan; y aun así, por sus modales, es evidente que se creen iguales incluso a mi hermano, el señor Suckling, que casualmente es uno de sus vecinos más próximos. Es infinitamente intolerable. El señor Suckling, que lleva once años residiendo en Maple Grove, y cuyo padre lo tuvo antes que él —al menos eso creo—, estoy casi segura de que el viejo señor Suckling había completado la compra antes de morir”.

Fueron interrumpidos. Pasaron sirviendo el té y el señor Weston, habiendo dicho todo lo que quería, aprovechó pronto la oportunidad para alejarse.

Después del té, el señor y la señora Weston y el señor Elton se sentaron a jugar a las cartas con el señor Woodhouse.

Los cinco restantes quedaron abandonados a sus propios recursos, y Emma dudaba de que se llevasen muy bien; pues el señor Knightley parecía poco inclinado a la conversación; la señora Elton exigía una atención que nadie tenía ganas de prestarle, y ella misma se encontraba en un estado de nerviosismo que le habría hecho preferir el silencio.

El señor John Knightley demostró ser más hablador que su hermano. Tenía que marcharse temprano al día siguiente; y pronto comenzó con—

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