—Espero tener el placer de presentarle muy pronto a mi hijo —dijo el señor Weston.
Mrs. Elton, muy dispuesta a suponer que con tal esperanza se le dirigía un halago particular, sonrió del modo más gracioso.
“Usted habrá oído hablar de un tal Frank Churchill, supongo —continuó—, y sabrá que es mi hijo, aunque no lleva mi apellido”.
—¡Oh!, sí, y tendré el mayor gusto en conocerle. Estoy segura de que el señor Elton no perderá el tiempo en ir a visitarle; y ambos tendremos muchísimo placer en recibirle en la Vicaría.
“Es usted muy amable.—Frank estará sumamente contento, estoy segura.—Va a estar en la ciudad la semana que viene, si no antes. Hoy hemos recibido aviso en una carta. Fui al encuentro de la correspondencia esta mañana, y al ver la letra de mi hijo, me tomé la libertad de abrirla —aunque no iba dirigida a mí—, iba para la señora Weston. Ella es su principal corresponsal, se lo aseguro. Yo casi nunca recibo una carta.”
“¡Y conque usted abrió sin más ni más lo que iba dirigido a ella! ¡Oh! Mr. Weston (riendo con afectación), tengo que protestar contra eso. ¡Un precedente de lo más peligroso, en verdad! Ruego que no deje que sus vecinos sigan su ejemplo. ¡Palabra que, si esto es lo que me espera, nosotras, las casadas, vamos a tener que empezar a hacernos valer! ¡Oh! Mr. Weston, ¡no lo habría creído de usted!”.
—Sí, los hombres somos unos tristes sujetos. Debe usted cuidarse, señora Elton.—Esta carta nos dice—es una carta breve—escrita a la carrera,