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Capítulo L

quise acompañarla, pero no quiso consentirlo. Se negó rotundamente a permitírmelo, lo que en aquel momento me pareció de lo más irracional. Ahora, sin embargo, no veo en ello sino un grado de prudencia muy natural y coherente. Mientras yo, para disimular nuestro compromiso ante el mundo, me comportaba una hora con una particularidad reprochable hacia otra mujer, ¿iba a consentir ella al momento siguiente una propuesta que habría hecho inútil cualquier precaución anterior?⁠—Si nos hubieran encontrado caminando juntos entre Donwell y Highbury, la verdad se habría sospechado.⁠—Sin embargo, fui lo suficientemente loco como para indignarme.⁠—Dudé de su afecto. Lo dudé aún más al día siguiente en Box Hill; cuando, provocado por semejante conducta de mi parte, por un descuido tan vergonzoso e insolente hacia ella, y por una devoción tan aparente hacia Miss W. que habría sido imposible de soportar para cualquier mujer sensata, expresó su resentimiento con unas palabras perfectamente inteligibles para mí.⁠—En resumen, mi querida señora, fue una pelea irreprochable por su parte y aborrecible por la mía; y regresé esa misma noche a Richmond, aunque podría haberme quedado con ustedes hasta la mañana siguiente, simplemente para estar tan enojado con ella como fuera posible. Aun entonces, no fui tan necio como para no tener la intención de reconciliarme a su debido tiempo; pero yo era la parte ofendida, ofendido por su frialdad, y me fui determinado a que fuera ella quien diera los primeros pasos.⁠—Siempre me felicitaré de que usted no formara parte del grupo de Box Hill. De haber presenciado mi comportamiento allí, difícilmente creo que hubiera vuelto a pensar bien de mí. Su efecto sobre ella se manifiesta en la

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