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Capítulo XXXIV

Todo el mundo en Highbury y sus alrededores que alguna vez hubiera visitado al señor Elton estaba dispuesto agasajarlo con motivo de su matrimonio. Se le organizaron cenas y fiestas nocturnas a él y a su esposa, y las invitaciones llovieron con tanta rapidez que pronto tuvo el placer de temer que jamás iban a tener un día libre.

—Ya veo cómo es esto —dijo ella—. Ya veo la clase de vida que me espera entre ustedes. ¡A fe mía que vamos a estar completamente perdidos en la mundanidad! De verdad parece que estuviéramos muy de moda. Si esto es vivir en el campo, no tiene nada de terrible. ¡Desde el próximo lunes hasta el sábado, le aseguro que no tenemos un solo día libre!⁠—Una mujer con menos recursos que yo lo habría pasado mal.

Ninguna invitación le parecía mal. Sus costumbres de Bath hacían que las reuniones nocturnas le resultaran de lo más naturales, y Maple Grove le había cogido el gusto a las cenas. Estaba un poco scandalizada por la falta de dos salones, por el pobre intento de pastelitos de gala y por el hecho de que no hubiera helado en las partidas de cartas de Highbury. La señora Bates, la señora Perry, la señora Goddard y las demás estaban muy atrasadas en cuanto a conocimiento del mundo, pero ella pronto les enseñaría cómo debía organizarse todo. En el transcurso de la primavera tendría que devolverles las atenciones con una fiesta muy superior en la que sus mesas de juego se dispondrían con sus respectivas velas y barajas intactas al más puro estilo, y se contratarían más camareros para la velada de los que su propia casa podía proporcionar, para repartir los refrescos exactamente a la hora adecuada y en el orden debido.

Emma, entre tanto, no podía quedarse satisfecha sin ofrecer una cena en Hartfield para los Elton. No debían hacer menos que los demás, o se

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