¡Qué sentimientos tan totalmente diferentes de los con que había salido llevó Emma de vuelta a la casa! —entonces solo se había atrevido a esperar un pequeño respiro en su sufrimiento—; ahora se encontraba en un exquisito revoloteo de felicidad, y una felicidad además que, según creía, sería aún mayor cuando ese revoloteo hubiera cesado.
Se sentaron a tomar el té —el mismo grupo alrededor de la misma mesa—, ¡cuántas veces se había reunido! —¡y cuántas veces se habían posado sus ojos en los mismos arbustos del césped, observando el mismo hermoso efecto del sol poniente!— Pero nunca con semejante estado de ánimo, nunca en nada que se le pareciera; y le costó un gran esfuerzo reunir lo suficiente de su yo habitual para ser la atenta señora de la casa, o incluso la atenta hija.
Pobre del señor Woodhouse, que ni remotamente sospechaba lo que se estaba tramando en el pecho de aquel hombre al que estaba recibiendo con tanta cordialidad, y a quien esperaba con tanta inquietud que no se hubiera resfriado durante el camino. Si hubiera podido verle el corazón, le habrían importado muy poco los pulmones; pero sin la más remota imaginación del mal que se avecinaba, sin la menor percepción de nada extraordinario en la mirada o los modales de ninguno de los dos, les repitió muy a gusto todas las noticias que había recibido del señor Perry, y siguió charlando con mucha satisfacción de sí mismo, totalmente ajeno a lo que ellos habrían podido contarle a cambio.
Mientras el señor Knightley permaneció con ellos, la fiebre de Emma continuó; pero cuando él se hubo ido, ella empezó a tranquilizarse y apaciguarse un poco, y en el transcurso de la noche sin dormir que fue el tributo a semejante velada, halló uno o dos puntos tan sumamente graves