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Capítulo XXXI

Emma seguía sin albergar la menor duda de que estaba enamorada. Sus ideas solo variaban en cuanto a la intensidad. Al principio, creía que era mucho; y después, muy poco.

Le producía un gran placer oír hablar de Frank Churchill; y, por su causa, un placer mayor que nunca al ver al señor y a la señora Weston; pensaba en él con mucha frecuencia y estaba muy impaciente por recibir una carta para saber cómo estaba, cómo se encontraba de ánimo, cómo estaba su tía y qué probabilidades había de que volviera a Randalls aquella primavera.

Pero, por otra parte, no podía admitir que era infeliz, ni, después de la primera mañana, que estaba menos dispuesta para las ocupaciones que de costumbre; seguía ocupada y alegre; y, por encantador que él fuera, todavía podía imaginarse que tenía defectos; y además, aunque pensando tanto en él y, mientras se sentaba a dibujar o a coser, ideando mil planes divertidos para el progreso y el desenlace de su afecto, imaginando diálogos interesantes e inventando cartas elegantes; la conclusión de cada declaración imaginaria por parte de él era que ella lo rechazaba. Su afecto siempre había de convertirse en amistad. Todo lo tierno y encantador había de marcar su despedida; pero aun así, debían separarse.

Cuando se dio cuenta de esto, le vino a la cabeza que no debía de estar muy enamorada; pues a pesar de su anterior y firme resolución de no separarse jamás de su padre, de no casarse nunca, un fuerte afecto tenía que producir ciertamente un conflicto mucho mayor del que ella alcanzaba a prever en sus propios sentimientos.

—No me encuentro usando para nada la palabra sacrificio —dijo ella—. En ni una sola de todas mis agudas respuestas, de mis delicadas negativas,

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