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III

La sencillez y alegría de su carácter, su espíritu complacido y agradecido, la recomendaban a todo el mundo y constituían una fuente inagotable de felicidad para ella misma.

Le encantaba hablar de pequeñeces, lo que convenía exactamente al señor Woodhouse, y estaba llena de comunicaciones triviales y cotilleos inofensivos.

Mrs. Goddard era la directora de una escuela; no de un seminario, ni de un establecimiento, ni de nada que pretendiera, mediante largas frases de refinado disparate, combinar conocimientos liberales con una moral elegante, basándose en nuevos principios y nuevos sistemas, y donde las señoritas, a cambio de una suma exorbitante, pudieran perder la salud para llenarse de vanidad; sino de un colegio pupilo real, honesto y anticuado, donde se vendía una cantidad razonable de talentos a un precio razonable, y a donde se podía enviar a las niñas para estorbar poco y adquirir a los tropezones una ligera educación, sin ningún peligro de que regresaran convertidas en prodigios. La escuela de Mrs. Goddard gozaba de gran reputación, y muy merecidamente; pues Highbury se consideraba un lugar particularmente saludable: ella tenía una casa y un jardín amplios, daba a los niños abundante comida sana, los dejaba correr mucho en verano y, en invierno, les curaba los sabañones con sus propias manos. No era de extrañar que una fila de veinte jóvenes parejas caminara ahora detrás de ella hacia la iglesia. Era una mujer sencilla, de aspecto maternal, que había trabajado duro en su juventud y que ahora se consideraba con derecho a las ocasionales vacaciones de una visita para tomar el té; y habiendo tenido antes una gran deuda con la amabilidad de Mr. Woodhouse, sentía que él tenía un derecho especial a que ella abandonara su pulcro salón, decorado con labores de aguja, siempre que pudiera, para ganar o perder unos cuantos seis peniques junto a su chimenea.

Estas eran las señoras que Emma se encontraba muy frecuentemente capaz de reunir; y dichosa era ella, por el bien de su padre, en tener ese

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