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XXVIII

para poder tocar, y Emma no pudo menos que compadecer tales sentimientos, fuera cual fuere su origen, y no pudo menos que decidir no volver a exponerlos nunca más ante su vecino.

Al fin comenzó Jane, y aunque los primeros compases se tocaron con debilidad, al poco tiempo se le hizo absoluta justicia a las cualidades del instrumento. La señora Weston ya había quedado encantada antes, y volvió a quedar encantada; Emma se sumó a todos sus elogios y, con toda la ponderación del caso, se declaró que el piano prometía muchísimo.

—A quienquiera que haya empleado el coronel Campbell —dijo Frank Churchill, con una sonrisa dirigida a Emma—, no se puede decir que haya elegido mal. Oí hablar largo y tendido sobre el gusto del coronel Campbell en Weymouth; y la dulzura de las notas agudas estoy seguro de que es exactamente lo que él y todo ese grupo valorarían en particular. Me atrevo a decir, señorita Fairfax, o bien que le dio instrucciones muy detalladas a su

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