capital era meramente el resultado del trabajo y, además, constituía, al igual que el trabajo mismo, la base para corregir todos los factores que pueden favorecer o restringir la actividad humana. Este era, pues, el significado nacional del capital: que este dependía de tal modo de la grandeza, la libertad y el poder del Estado, es decir, de la nación, que la unión de ambos por sí misma estaba destinada a impulsar al Estado y a la nación a través del capital, mediante el simple método de mantenerse y acrecentarse a sí mismo. Esta conexión dependiente del capital con el Estado libre e independiente obligaba a este último a procurar que la nación fuera libre y poderosa.
Así, el deber del Estado hacia el capital era comparativamente sencillo y claro. Simplemente tenía que velar por que el capital siguiera siendo servidor del Estado y no pretendiera obtener el control de la nación. Al adoptar esta postura, el Estado podía limitarse a dos objetivos:
- el mantenimiento de una administración nacional y autónoma eficaz, por un lado, y
- el de los derechos sociales de los trabajadores, por el otro.
Hasta entonces yo no había sabido distinguir tan claramente como me habría gustado entre el capital, fruto puramente último de la labor creadora, y el capital que debía su existencia exclusivamente a la especulación. No había sabido cómo empezar a reflexionar al respecto.
De este asunto se estaba ocupando ahora de manera exhaustiva uno de los diversos conferenciantes del curso que mencioné antes: Gottfried Feder.
Inmediatamente después de escuchar la primera conferencia de Feder, se me metió en la cabeza la idea de que por fin había descubierto el camino hacia uno de los principios esenciales sobre los que podría fundarse un nuevo Partido.