perpetuamente hacia los eslavos, deseaban liberar a la nación alemana de su enemigo doméstico. Pude imaginar rápidamente cuál sería el resultado de aquello: una nueva ola de persecución, que ahora sería «explicada y justificada» ante el mundo entero. Pero cuando inmediatamente después escuché los nombres de los supuestos criminales y que se sabía que eran serbios, comencé a sentir un ligero horror ante la venganza de un destino inescrutable.
El mayor amigo de los eslavos había caído víctima de las balas de fanáticos eslavos.
Se comete hoy una injusticia con el Gobierno de Viena al lloverle reproches en cuanto a la forma y el contenido del ultimátum que emitió. Ninguna otra potencia en el mundo habría podido actuar de otro modo en una situación similar. En su frontera meridional, Austria poseía un enemigo inexorable y mortal que, a intervalos cada vez más breves, desafiaba a la Monarquía y no habría cesado jamás hasta que llegara el momento favorable para reducir el Imperio a escombros. Había buenas razones para temer que esto ocurriera tan pronto como muriera el viejo Emperador; cuando eso sucediera, tal vez la Monarquía ya no podría ofrecer una resistencia seria. En los últimos años, el Estado había dependido de la vida de Francisco José en tal medida que la muerte de esa anciana personificación del mismo equivaldría, a los ojos de la masa popular, a la muerte del Estado en sí. Sí, es verdaderamente injusto reprochar a los círculos gubernamentales de Viena el haber precipitado la guerra, la cual tal vez se habría podido evitar por otros medios. No se habría podido evitar, pero sí se habría podido posponer por uno o, a lo sumo, dos años. Pero la maldición de la