El protestantismo siempre ayudará a fomentar todo lo que es esencialmente alemán siempre que se trate de la pureza interior o del aumento del sentimiento nacional, o de la defensa de la vida alemana, del idioma, y hasta de la libertad alemana, ya que todo esto forma parte esencial de sí mismo; pero es de lo más hostil a cualquier intento de rescatar a la nación de las garras de su enemigo más mortal, pues su actitud hacia el judaísmo ha sido establecida más o menos como un dogma.
Sin embargo, vacila indeciso en torno a la cuestión —y a menos que esa cuestión sea resuelta, todos los intentos de lograr un renacimiento alemán carecen de sentido o de posibilidad de éxito.
Los partidos políticos no deberían tener nada que ver con los problemas religiosos, siempre y cuando estos no socaven la moral de la raza; del mismo modo, la religión no debe mezclarse con las intrigas de partido.
Si los dignatarios de la Iglesia se valen de las instituciones religiosas y hasta de las doctrinas para perjudicar a su propia nacionalidad, no deberían tener seguidores; sus propias armas deben volverse contra ellos.
Un líder político jamás debe inmiscuirse en las doctrinas e instituciones religiosas de su pueblo, o de lo contrario no debe ser un político, sino más bien un reformador, ¡si es que tiene las cualidades para ello!
Cualquier otra actitud conduciría a la catástrofe, especialmente en Alemania.
En el curso de mi estudio del movimiento pangermánico y de su lucha con Roma, entonces y más tarde, llegué a la conclusión siguiente: