honorario como su bien ganada recompensa.
Casi no hay nada tan deprimente como presenciar todo lo que ocurre en el Parlamento en su sobria realidad y tener que contemplar esta constante y repetida traición.
No es probable que semejante terreno intelectual produzca en el campo de la burguesía la fuerza necesaria para combatir a las fuerzas organizadas del marxismo. En efecto, los caballeros del Parlamento no le están prestando una seria atención.
Viendo que para todos los Partidos de la llamada tendencia burguesa la política consiste en realidad enteramente en la pugna por el escaño de cada cual en el Parlamento, en la cual las convicciones y los principios se arrojan por la borda como lastre de arena según las exigencias del momento, sus programas se determinan naturalmente y su fuerza se calcula —al revés, por supuesto— en función de lo mismo. Carecen de esa gran atracción magnética a la que las masas solo responden bajo la impresión urgente de ideas grandes y elevadas, en calidad de fe indiscutible combinada con un fanático valor de combate. Mas en un tiempo en que un bando, plenamente armado con armas mil veces criminales, ataca un orden de cosas existente, el otro bando solo puede ofrecer resistencia si este último adopta una nueva forma de fe —en nuestro caso política— y rechaza una actitud defensiva débil y tímida en favor de un ataque audaz e implacable.
El concepto de «popular» (völkisch) parece tan indefinido y carente de límites en la práctica, y tan susceptible de interpretaciones tan diversas como la palabra «religioso». Ambos encierran ciertas creencias básicas. Y, sin embargo, a pesar de su suprema importancia, son tan vagos en su forma que no superan el valor de una opinión que más o menos debe admitirse, hasta que se fijan como elementos básicos dentro del marco de un partido político. Pues el