mejoras, estaban destinados a contar como indicios de la decadencia próxima de la política exterior e interior del Imperio.
Muchos fueron los que observaron estos indicios con ansiedad y censuraron la falta de plan y de reflexión en la política del Imperio; conocían muy bien su debilidad interna y su vacuidad, pero no eran más que unos simples espectadores en la vida política.
La burocracia del Gobierno ignoró las intuiciones de un Houston Stewart Chamberlain con la misma indiferencia con que lo hace hoy en día. Esta gente es demasiado estúpida para idear nada por sí misma y demasiado presumida para aprender lo necesario de los demás.
Una de las necias observaciones que se suele oír citar hoy en día es que el sistema parlamentario «ha sido un fracaso desde la Revolución».
Esto induce con demasiada facilidad a suponer que era diferente antes de la Revolución. En realidad, el único efecto de esa institución es, y sólo puede ser, destructivo, y lo fue en una época en la que la mayoría de la gente prefería llevar anteojeras y no veía nada o prefería no ver nada. Pues la caída de Alemania se debió en no pequeña medida a dicha institución.
Todo aquello que cayó bajo la influencia del Parlamento se hizo a medias, se mire como se mire.
La política de alianzas del Imperio fue una débil a media¬ medida. Aunque deseaban mantener la paz, no pudieron evitar dirigirse directamente hacia la guerra.
La política polaca fue una medida a medias. Irritaron a los polacos sin abordar nunca la cuestión seriamente. El resultado no fue ni una victoria para Alemania ni la conciliación de los polacos, mientras que se hicieron de Rusia una enemiga.
La solución de la cuestión de Alsacia-Lorena fue una medida a medias. En lugar de aplastar brutalmente, de una vez por todas, la cabeza de la