Aun entonces comprendí las deducciones de esta revelación: intenso amor por mi hogar germano-austriaco y profundo odio contra el Estado austriaco.
La elección de una profesión tuvo que decidirse con mayor rapidez de la que había previsto. La pobreza y la severa realidad me obligaron a tomar una decisión rápida. Los escasos recursos de mi familia estaban casi agotados debido a la grave enfermedad de mi madre; la pensión que recibía como huérfano no bastaba para vivir, de modo que me vi obligado a ganarme la vida por mí mismo de algún modo.
Con una maleta llena de ropa y ropa blanca fui a Viena lleno de determinación. Esperaba esquivar al destino, como mi padre había logrado hacer 50 años antes. Quería llegar a ser alguien —pero en ningún caso, un funcionario.