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Capítulo III: Consideraciones políticas derivadas de mi estancia en Viena

desgracia y la de su obra fue haber vivido en ese Estado imposible, Austria. En el momento de su muerte, la pequeña llama de los Balcanes ya empezaba a propagarse con mayor avidez a medida que pasaba cada mes, de modo que un destino bondadoso le ahorró el dolor de ver lo que aún creía que sería capaz de evitar.

El movimiento pangermánico tenía toda la razón en su teoría sobre el objetivo de la regeneración alemana, pero careció de fortuna en su elección de los métodos. Era nacionalista pero, ¡ay!, no lo suficientemente social como para ganarse a la masa del pueblo. Su antisemitismo se basaba en una verdadera apreciación de la importancia del problema racial y no en teorías sobre la religión. Por otra parte, su lucha contra un credo determinado incurrió en errores tanto respecto a los hechos como a la táctica.

Las ideas del movimiento socialista cristiano sobre el objetivo de un renacimiento alemán eran demasiado vagas, pero, como Partido, tuvo fortuna e inteligencia en la elección de sus métodos. Comprendió la importancia de la cuestión social, pero se equivocó en su lucha contra los judíos y carecía por completo de conciencia acerca de la fuerza de la concepción de la nacionalidad.

En aquel tiempo era yo presa del descontento, cuanto más comprendía la vacuidad del Estado y la imposibilidad de salvarlo. Sentía con absoluta certeza que en todas las cosas el Estado representaba la desgracia de la raza alemana.

Estaba convencido de que el Estado seguramente frenaría y obstruiría a todo alemán verdaderamente grande, y apoyaría a todo hombre y a todo lo que fuera antial alemán. Odiaba la mezcla de razas exhibida en la capital, odiaba la colección abigarrada de checos, polacos, húngaros, rutenios, serbios, croatas, etc., y sobre todo, ese crecimiento fúngico siempre presente: judíos, y otra vez judíos.

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