En el mundo de los negocios era todavía peor. Aquí la nación judía se había vuelto en realidad «indispensable».
La huelga de las municiones a finales de 1917 no produjo el resultado esperado de privar de armas al frente; colapsó demasiado deprisa por la falta de municiones como para condenar por sí misma —tal como se pretendía— al ejército a la derrota. ¡Pero qué grande y qué vergonzoso fue el daño moral que se había iniciado!
Primero, ¿por qué iba el ejército a seguir luchando, si ni siquiera la gente en la retaguardia deseaba la victoria? ¿Para quién estos enormes sacrificios y privaciones? ¡El soldado tiene que luchar por la victoria, y en la retaguardia están haciendo huelga contra ella!
En segundo lugar, ¿qué efecto estaba teniendo en el enemigo?
En el invierno de 1917-18, oscuros nubarrones cubrieron el firmamento del mundo aliado.
Todas las esperanzas depositadas en Rusia se habían acabado. El aliado que había ofrecido el mayor sacrificio de sangre en el altar de sus intereses comunes había llegado al límite de sus fuerzas y yacía a merced de su fuerte agresor.
El miedo y la melancolía se instalaron en los corazones de los soldados, que hasta entonces habían estado poseídos por una fe ciega. Temían la próxima primavera. Pues, viendo que hasta entonces no habían logrado derrotar al alemán cuando este solo podía desplegar una parte de sus fuerzas en el frente occidental, ¿cómo iban a contar con la victoria ahora que las fuerzas indivisas de ese tremendo Estado de héroes parecían concentrarse para un ataque contra Occidente?