Que nadie se equivoque al respecto: tan vasto como fue el colapso de nuestra nación, igualmente vasto deberá ser el esfuerzo algún día para poner fin a esta infeliz condición. Solo mediante un inmenso despliegue de fuerza de voluntad nacional, sed de libertad y apasionada devoción podremos restaurar lo que nos ha faltado.
Es deber del Estado nacional cultivar la eficiencia física no solo durante los años escolares oficiales, sino que también, una vez terminados los días de escuela, debe velar por que, mientras un joven siga experimentando su desarrollo corporal, este desarrollo resulte ser una bendición para él.
Es una necedad pensar que el derecho del Estado a supervisar a sus jóvenes ciudadanos termina repentinamente al concluir su etapa escolar, para luego recomenzar cuando empiezan su servicio militar. Ese derecho es un deber y existe por igual en todo momento.
El Ejército tampoco está ahí meramente para enseñarle a un hombre a marchar y a estar firmes, sino que ha de actuar como la última y más alta escuela de instrucción nacional. El joven recluta debe, por supuesto, aprender el uso de su arma, pero al mismo tiempo debe continuar su formación para su futura vida. En esa escuela el muchacho será transformado en hombre; no deberá aprender meramente a obedecer, sino que será entrenado con vistas a mandar en el futuro. Deberá aprender a callar, no solo cuando se le reprocha con justicia, sino a soportar la injusticia en silencio, si es necesario.
Fortalecido por la confianza en su propia fuerza, lleno del espíritu de cuerpo que siente en común con los demás, el muchacho alcanzará la convicción de que su nación es invencible.
Cuando su servicio militar termine, debe poder mostrar dos documentos: sus papeles legales, como ciudadano del Estado, que le permiten tomar parte en los asuntos públicos, y su certificado de salud, que declare que, en lo que respecta a la salud, es apto para casarse.