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Capítulo X: La farsa del federalismo

« Nosotros los nacionalsocialistas debemos, por tanto, admitir el siguiente principio fundamental:

Un poderoso Reich Nacional, que guarde y proteja los intereses de sus ciudadanos en el extranjero en el sentido más amplio, es capaz de ofrecer libertad en el interior; entonces no necesita temer por la solidez del Estado. Por otra parte, un poderoso gobierno nacional puede asumir la responsabilidad de grandes incursiones en la libertad de los individuos, así como de los Estados, sin riesgo de debilitar la idea imperial, con tal de que cada ciudadano reconozca que tales medidas están dirigidas a engrandecer a su nación.

Es un hecho que todos los Estados del mundo marchan hacia la unificación en su política interior, y Alemania no se quedará atrás a este respecto.

Por muy natural que pueda parecer una cierta medida de unificación, especialmente en el ámbito de las comunicaciones, no deja de ser deber de los nacionalsocialistas oponerse firmemente a tal evolución en el Reich actual, dado que el único objeto de estas medidas es encubrir y hacer posible una desastrosa política exterior.

Por la misma razón de que el Reich actual se propone someter bajo su poder los ferrocarriles, los servicios postales, las finanzas, etc., por motivos que no responden a una alta política nacional, sino a fin de tener en sus manos los medios y las garantías para el cumplimiento ilimitado de sus obligaciones, los nacionalsocialistas debemos dar cada paso que parezca idóneo para obstaculizar y, de ser posible, impedir semejante política.

Otra razón para oponerse a la centralización de este tipo es que el Reich judío-democrático, que se ha convertido en una verdadera maldición para la nación alemana, busca dejar impotentes las objeciones planteadas por los Estados, que aún no están imbuidos del espíritu de la época, aplastándolos hasta el punto de volverse totalmente insignificantes.

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