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Capítulo III: Consideraciones políticas derivadas de mi estancia en Viena

El hecho de no comprender esto es tal vez el trágico crimen de la Casa de Habsburgo.

En una época, el destino volvió a levantar su antorcha en alto sobre la tierra; luego, se apagó para siempre.

José II, emperador romano de la nación alemana, comprendió con punzante angustia cómo su Casa estaba siendo empujada al rincón más recóndito del Imperio y estaba destinada a zozobrar en el vórtice de una Babilonia de razas a menos que se enmendaran las deficiencias de sus predecesores a última hora.

Aquel «amigo del hombre» se dispuso con energía sobrehumana a reparar la negligencia de los gobernantes anteriores e intentó recuperar en diez años lo que se había dejado escapar durante siglos. Sus sucesores no estuvieron a la altura de la tarea ni en mente ni en fuerza de voluntad.

La Revolución de 1848 fue tal vez una lucha de clases en todas partes, pero en Austria fue el comienzo de una nueva lucha de nacionalidades.

Pero el alemán, olvidando o sin darse cuenta de ese origen, se puso al servicio del movimiento revolucionario, y con ello selló su propio destino. Desempeñó su papel al despertar el espíritu de la democracia mundial, el cual en poco tiempo lo despojó de los principios que sustentaban su propia existencia.

La formación de un órgano parlamentario representativo, sin el establecimiento previo del principio de un idioma estatal común, sentó la piedra fundamental del fin del predominio de la raza alemana; y a partir de ese momento el Estado mismo quedó abocado a la destrucción.

Lo que siguió entonces fue la evolución histórica de un Imperio.

No tengo deseo alguno de perder en detalles, ya que tal no es el objeto de este libro. Deseo simplemente reunir, con el propósito de un examen más

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