comencé a estudiar la cuestión y a fijarme en los judíos, Viena se me apareció bajo otra luz. Ahora, adondequiera que iba, veía judíos, y cuantos más veía, con mayor intensidad y evidencia se distinguían de los demás. La Ciudad Interior y los barrios al norte del Canal del Danubio bullían especialmente con una población que no guardaba similitud alguna con los alemanes.
Pero aunque aún pudiera abrigar dudas, mis vacilaciones quedaron disipadas por la actitud de un sector de los propios judíos.
Surgió entre ellos un gran Movimiento, que tuvo amplia representación en Viena, fuertemente inclinado a afirmar el carácter nacional del judaísmo; este fue el sionismo.
Ciertamente parecía como si solo una sección de los judíos aprobara esta actitud, y que una gran mayoría condenaría, de hecho, rechazaría francamente, el principio.
Sin embargo, al observarlo más de cerca, esta apariencia se disipaba en una neblina perniciosa de teorías, surgidas puramente por razones de conveniencia; mentiras, en realidad.
Pues el llamado judío liberal repudiaba a los sionistas no por no ser judíos, sino simplemente por ser judíos de una fe que resultaba impracticable, qué digo, tal vez incluso peligrosa, para su propio judaísmo.
Pero no hubo alteración en su solidaridad interna.
El aparente desacuerdo entre los sionistas y los judíos liberales pronto me repugnó; me pareció falso de principio a fin y una mentira en su totalidad; y, además, indigno de la siempre vanagloriada elevación moral y pureza de esa nación.