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Capítulo III: Consideraciones políticas derivadas de mi estancia en Viena

órganos representativos, no habría motivo para continuar con mi oposición por principio, siempre y cuando el viejo Estado siguiera existiendo.

Bastó poco tiempo para despertar mi indignación al ver la miserable comedia que se desarrollaba ante mis ojos.

La democracia en el Occidente de hoy es la precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin la democracia. Es el caldo de cultivo de esa peste mundial a la que se le permite desarrollarse allí.

En su forma exterior de expresión —el sistema parlamentario—, aparecía como «una monstruosidad de inmundicia y fuego» (eine Spottgeburt aus Dreck und Feuer), en la que, para mi pesar, el fuego parecía haberse consumido con demasiada rapidez.

Estoy más que agradecido a la fortuna por haberme presentado esta cuestión para su examen en Viena, ya que me temo que en Alemania no habría podido responder a ella con tanta facilidad.

Si hubiera llegado a conocer lo absurdo de esa institución llamada Parlamento por primera vez en Berlín, tal vez habría caído en el extremo opuesto y, sin una razón aparente que lo justificara, me habría alineado con aquellos para quienes el bien del Pueblo y del Imperio residía en la exaltación de la idea imperial, oponiéndose así ciegamente a la humanidad y a los tiempos.

En Austria aquello era imposible. No resultaba tan fácil allí deslizarse de un error a otro. Si el Parlamento no valía nada, los Habsburgo valían todavía menos —no más en ningún caso—.

El Parlamento decide algo, sea cual fuere la consecuencia por devastadora que sea; ningún hombre singular es responsable, nadie puede ser llamado a rendir cuentas por ello.

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