haberse convertido en los enemigos de mañana. Que esto no llegara a producirse se debió principalmente a que Alemania no tenía un Enver Pasha, sino meramente a un Cuno como canciller.
En la primavera de 1923, sin embargo, antes de que la ocupación francesa del Ruhr pudiera haber sido seguida por una reconstrucción de nuestro poder militar, se habría tenido que implantar un nuevo espíritu en la nación alemana, fortalecer su fuerza de voluntad y destruir a los corruptores de esa grandísima fuerza de una nación.
Del mismo modo que el derramamiento de sangre de 1918 fue un castigo por la negligencia de 1914 y 1915 al no aplastar a la serpiente marxista bajo los pies, así tenía que haber un castigo terrible en la primavera de 1923 por no haber aprovechado la oportunidad que se brindaba para destruir definitivamente la obra de los traidores y asesinos marxistas de la nación.
Solo unas mentes burguesas podían haber llegado a la increíble concepción de que el marxismo podía ser ahora algo diferente de lo que había sido, y de que la canalla que había dirigido en 1918, y que entonces, sin el menor remordimiento, utilizó a dos millones de muertos como peldaños para alcanzar los asientos del Gobierno, estaría dispuesta ahora a rendir tributo al sentido de la justicia de la nación.
Era una necedad increíble esperar que aquellos traidores se convirtieran de repente en luchadores por la liberación de Alemania. ¡No estaban soñando con hacer tal cosa! ¡Es tan poco probable que un marxista se aparte de la traición como que una hiena se aparte de la carroña!
La situación en 1923 era muy similar a la de 1918. El primer requisito indispensable para cualquier forma de resistencia que se decidiera adoptar era la expulsión del veneno marxista del cuerpo de nuestra nación.