resultados muy modestos en comparación con los progresos de la fe mahometana—, mientras que en Europa pierden continuamente millones y millones de adeptos genuinos, que o bien se han apartado por completo de la vida religiosa o simplemente siguen su propio camino. Las consecuencias, desde el punto de vista moral, distan mucho de ser buenas.
Hay muchos signos de una lucha, que cada día aumenta en violencia, contra los principios dogmáticos de las diversas Iglesias, sin los cuales, en la práctica, la creencia religiosa es concebible en este mundo de la humanidad.
La masa general de una nación no está compuesta por filósofos; para ella, la fe es en gran medida la única base para una visión moral de la vida.
Los diversos intentos por encontrar sustitutos no han demostrado ser tan adecuados o exitosos como para constituir manifiestamente un buen intercambio por las anteriores confesiones religiosas.
Si la doctrina y la fe religiosas logran verdaderamente arraigar en la masa del pueblo, la autoridad absoluta de esa fe es entonces la base entera de su eficacia.
Lo que la costumbre ordinaria es entonces para la vida general —y sin ella miles de hombres de cultura superior vivirían sin duda de manera razonable y exitosa, pero millones de otros no—, la Ley lo es para el Estado, y el dogma lo es para la religión ordinaria. Éste, y sólo él, puede derrotar la inestable, perpetuamente controvertida, MI LUCHA 1*5 concepción intelectual y moldearla en una forma sin la cual la fe jamás podría existir. En el otro caso, la concepción de una visión metafísica de la vida —en otras palabras, la opinión filosófica— nunca habría podido surgir de ella.