MI LUCHA Las reuniones nacionalsocialistas, por otra parte, no eran en absoluto reuniones «pacíficas». Las olas de dos cosmovisiones chocaban furiosamente entre sí, y aquello no terminaba entonando un aburrido canto patriótico, sino con estallidos fanáticos de pasión popular y
Desde el principio fue importante introducir una disciplina ciega en nuestras reuniones y establecer absolutamente la autoridad del presidente.
Y teníamos disidentes en nuestras reuniones: seguidores de la Bandera Roja. Venían una y otra vez en masas compactas, con unos cuantos agitadores entre ellos, y en cada rostro se podía leer: «¡Tenemos la intención de ajustar cuentas con ustedes esta noche!». A menudo todo pendía de un hilo, y solo la energía del presidente y el trato rudo de los guardias de nuestra sala frustraron las intenciones de nuestros adversarios; estos últimos tenían sobradas razones para estar molestos con nosotros.
Elegimos el rojo para nuestros carteles tras una exacta y cuidadosa reflexión; nuestra intención era irritar a la Izquierda, hacer que montaran en cólera y así inducirlos a venir a nuestras reuniones —aunque fuera solo para reventarlas— para que tuviéramos la oportunidad de hablarles.
Nuestros opositores procedieron entonces a lanzar llamamientos al «proletariado consciente de su clase» para que acudiera en masa a nuestras reuniones con el fin de golpear con el puño del proletariado la «agitación monárquica y reaccionaria» que nosotros representábamos.
Nuestras reuniones estaban a la vez abarratadas de obreros tres cuartos de hora antes de la hora fijada para el mitin. Parecían un barril de pólvora a punto de estallar en cualquier momento con la mecha en el oílse. Pero las