Los resultados de una alianza con Inglaterra e Italia serían directamente opuestos a los de una con Rusia.
El más importante es el hecho de que un acercamiento a esos dos países no significaría en absoluto un riesgo de guerra. La única Potencia que podría adoptar una postura de oposición a semejante alianza —Francia— no se encontraría en posición de hacerlo. La nueva Alianza anglo-germano-italiana llevaría las riendas, y Francia dejaría de hacerlo. Casi igual de importante sería el hecho de que la nueva Alianza incluiría a Estados que poseen cualidades técnicas que se complementan mutuamente.
Habría, desde luego, dificultades, como dije en el capítulo anterior, en llevar a cabo una alianza de este tipo. Pero ¿acaso la formación de la Entente fue menos fácil? Donde el rey Eduardo tuvo éxito frente a intereses que por naturaleza eran mutuamente opuestos, debemos y podemos tener éxito, si el conocimiento de la necesidad de un desarrollo semejante nos inspira a coordinar nuestra acción con habilidad y madura reflexión.
Nos encontraremos, por supuesto, con los ladridos maliciosos de los enemigos de nuestra raza en el interior. Nosotros, los nacionalsocialistas, debemos darnos cuenta de esto si proclamamos lo que nuestra convicción íntima nos dice que es absolutamente esencial. Debemos endurecernos para afrontar a la opinión pública, enloquecida por la astucia judía al explotar nuestra falta de reflexión alemana. Hoy no somos más que una roca en el río; en pocos años el Destino podrá erigirnos como una presa contra la cual se romperá la corriente general, para no seguir fluyendo sino en el nuevo cauce.