alcanzar sus objetivos de guerra originales. Pues nadie creerá que en el transcurso de los cuatro años de la lucha más decisiva de su historia, Francia derramó la sangre —no demasiado abundante— de su pueblo simplemente para recibir más tarde, a través de las reparaciones, una compensación por las pérdidas que sufriría. Alsacia-Lorena, por sí sola, no explicaría la energía de los líderes de guerra franceses si no formara ya parte del gran programa político de futuro de Francia. Dicho programa era el siguiente: la desintegración de Alemania en un conjunto de pequeños Estados. Por eso luchó la Francia chovinista, y al hacerlo, vendió a su nación para convertirse en vasalla, en verdad, del judaísmo internacional.
Alemania se derrumbó con fulminante rapidez en noviembre de 1918. Pero, mientras la catástrofe ocurría en el frente interno, los ejércitos seguían adentrados en los países enemigos.
La principal preocupación de Francia no era en ese momento la desintegración de Alemania, sino más bien cómo lograr que los ejércitos alemanes salieran lo antes posible de Francia y Bélgica. Así pues, la primera tarea de los líderes en París al concluir la guerra fue desarmar a los ejércitos alemanes y obligarlos a retroceder hacia Alemania si era posible; solo una vez conseguido esto pudieron dedicar su atención a alcanzar su objetivo de guerra original.
Para Inglaterra, la guerra estaba realmente ganada cuando Alemania quedó destruida como potencia colonial y comercial, y reducida a un Estado de segunda importancia. No tenía ningún interés en borrar por completo al Estado alemán; de hecho, tenía todas las razones para desear un futuro rival contra Francia en Europa.
Por lo tanto, Francia tuvo que esperar a la paz antes de emprender la labor para la cual la guerra había sentado las bases, y la declaración de Clemenceau de que para él la paz era meramente una continuación de la guerra adquirió un significado adicional.