Mi propia actitud ante el conflicto era a la vez sencilla y clara. A mis ojos, no se trataba de que Austria luchara por obtener una pequeña satisfacción de Serbia, sino de que Alemania luchaba por su vida, la nación alemana por su «ser o no ser», por su libertad y su futuro. Tendría que seguir los pasos de Bismarck; la joven Alemania debía defender de nuevo aquello por lo que los padres habían luchado heroicamente desde Weissenburg hasta Sedán y París. Pero si la lucha había de ser victoriosa, nuestro pueblo volvería a ocupar por su propia fuerza su lugar entre las grandes naciones, y entonces el Reich alemán podría alzarse como un poderoso guardián de la paz, sin necesidad de recortar el pan de cada día a sus hijos en aras de dicha paz.
El tres de agosto dirigí una súplica a Su Majestad el rey Luis III para que se me permitiera servir en un regimiento bávaro. La Oficina del Gabinete tenía por aquellos días las manos bastante ocupadas, y mi alegría fue tanto mayor cuanto que mi petición fue concedida ese mismo día.
Comenzó entonces para mí, como para todos los alemanes, el periodo más grande e inolvidable de mi vida terrenal. Comparado con los acontecimientos de aquella poderosa lucha, todo el pasado cayó en el vacío olvido. Pienso con orgullo y dolor en aquellos días, y vuelvo la vista atrás, hacia las semanas del inicio de la lucha heroica de nuestra nación, en las que la caprichosa fortuna me permitió participar.
Así fue transcurriendo año tras año; el horror había sustituido al romanticismo del combate. El entusiasmo se fue enfriando poco a poco, y la gloriosa exuberancia quedó ahogada en la agonía de la muerte. Llegó un momento en que cada hombre tuvo que luchar entre el impulso de la autoconservación y el llamado del deber. Hacia el invierno de 1915-1916 esa lucha había terminado en mí. Mi voluntad salió por fin victoriosa. En los primeros días pude unirme al ataque con vítores y risas; ahora me encontraba tranquilo y resuelto. Así continué hasta el final. Solo así pudo el destino avanzar hacia la última prueba sin quebrantar mis nervios ni perturbar mi razón.