estrictamente católicas, para que sirviera de protección contra la Rusia ortodoxa. De este modo, como ocurría tan frecuentemente con los Habsburgo, la religión volvía a ser arrastrada para servir a una concepción puramente política —además funesta, si se mira desde el punto de vista alemán—.
El resultado fue más que trágico en varios aspectos. Ni la Casa de Habsburgo ni la Iglesia católica se beneficiaron de ello como esperaban.
Habsburgo perdió el Trono, Roma un gran Estado. Pues al invocar fuerzas religiosas para servir a sus fines políticos, la Corona despertó un espíritu que al principio consideraba claramente imposible. Al intento de extirpar el germanismo en la antigua Monarquía por todos los medios posibles, respondió el movimiento pangermánico en Austria.
Tras la guerra de 1870, la Casa de Habsburgo se dispuso lenta pero deliberadamente, con su última chispa de determinación, a extirpar la peligrosa raza alemana —pues este era sin duda el objetivo de la política filoeslava— y la revuelta prendió en la nación, que estaba decidida a resistir hasta el final de una forma desconocida en la historia más reciente de Alemania.
Por primera vez, hombres de sentimiento nacional y patriótico se convirtieron en rebeldes; rebeldes no contra el Estado en sí mismo, sino contra un sistema de gobierno que, estaban convencidos, terminaría por destruir su carácter como nación.
Por primera vez en la historia alemana posterior surgió una distinción entre el patriotismo dinástico ordinario y el amor nacional por la Patria y el Pueblo.
No debe olvidarse, por regla general, que el fin más elevado de la existencia del hombre no es mantener un Estado o un gobierno, sino más bien conservar su carácter nacional.