En el momento en que las divisiones alemanas recibieron sus órdenes finales para el gran ataque, estalló la huelga general en Alemania.
El mundo se quedó atónito al principio. Luego la propaganda enemiga volvió a respirar y se abalanzó sobre esta ayuda a última hora. He aquí de un solo golpe el medio para reavivar la desfalleciente confianza de los soldados aliados, para presentar la oportunidad de la victoria como algo que volvía a ser una certeza, y para convertir la aterrorizada depresión respecto a los acontecimientos futuros en una confianza decidida.
Los periódicos británicos, franceses y norteamericanos empezaron a sembrar esta convicción en los corazones de sus lectores, mientras que una propaganda inmensamente inteligente se utilizaba para entusiasmar a las tropas en el frente.
“¡Alemania en vísperas de la Revolución! ¡Una victoria aliada inevitable!”. Esta era la mejor medicina para volver a poner en pie al vacilante Tommy o Poilu.
Todo esto fue el resultado de la huelga de municiones. Avivó la fe en la victoria en las naciones enemigas y acabó con aquella depresión paralizante en el frente aliado; como consecuencia, miles de soldados alemanes lo pagaron con su sangre. Pero los promotores de esa ruin y vergonzosa huelga fueron aquellos que esperaban obtener los puestos más altos del Estado en la Alemania revolucionaria.
Tuve la suerte de estar en las dos primeras y en la última ofensivas. Me causaron las impresiones más tremenedas que jamás recibí en toda mi vida; tremendas, porque por última vez la lucha perdió su carácter defensivo y se convirtió en ofensiva, tal como lo fuera en 1914.
En lo más álgido del verano de 1918 hacía un calor sofocante en todo el frente. ¿Había disputas en la retaguardia? ¿Sobre qué?