raza sino de un «vínculo religioso», el cual, sin embargo, es peculiar de él solo. ¡Esta es la primera gran mentira!
Para poder seguir existiendo como parásito dentro de la nación, el judío debe ponerse a trabajar para negar su verdadera naturaleza interior. Cuanto más inteligente sea el individuo judío, mejor logrará su engaño, hasta el punto de hacer creer seriamente a grandes sectores de la población que el judío es genuinamente un francés o un inglés, un alemán o un italiano, aunque de una religión diferente.
El actual y vasto desarrollo económico está conduciendo a un cambio en la estratificación social de la nación.
Las pequeñas industrias van extinguiéndose gradualmente, haciendo cada vez más difícil que el trabajador pueda asegurarse una existencia digna y empujándolo visiblemente a convertirse en parte de la clase proletaria.
El resultado de todo esto es el «obrero fabril», cuyo distintivo esencial es que prácticamente es incapaz, en su etapa adulta, de emprender la vida como un individuo. En el verdadero sentido de la palabra, carece de posesiones; la vejez significa sufrimiento para él y difícilmente puede llamarse vida en absoluto.