ahora, para su persona, meramente una confirmación de la información que ya había recibido y reforzaban su fe en la verdad de las afirmaciones de su Gobierno, al tiempo que acrecentaban su furia y su odio contra el despiadado enemigo.
De este modo, el soldado británico nunca sintió que la información que recibía de su hogar fuera falsa, y esto, ¡ay!, ocurrió de manera tan acusada en el caso del alemán, que este terminó por rechazar todo lo que venía de aquel lado como pura estafa y Krampf.
¿Qué diríamos, por ejemplo, de un cartel publicitario de un jabón nuevo que describiera a otros jabones como «buenos»? Negaríamos con la cabeza ante él.
Era fundamentalmente erróneo, al debatir el tema de la culpabilidad bélica, sugerir que no se podía considerar a Alemania como la única responsable del estallido de dicha catástrofe; lo correcto habría sido