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CAPÍTULO XIV. POLÍTICA EN EL ORIENTE

Un pecado especial que el antiguo Imperio alemán cometió con respecto a su política de alianzas fue el haber estropeado sus relaciones con todos al oscilar continuamente de un lado para otro, y por su debilidad al preservar la paz a toda costa.

De una sola cosa no se le puede reprochar; no continuó manteniendo sus buenas relaciones con Rusia.

Confieso francamente que durante la Guerra pensé que habría sido mejor si Alemania hubiera renunciado a su insensata política colonial y a su política naval, se hubiera unido a Inglaterra en una alianza de defensa contra una invasión rusa y hubiera abandonado su débil aspiración de abarcar el mundo entero en favor de una política decidida de adquisición de territorio en el continente europeo.

No olvido las perpetuas e insolentes amenazas lanzadas contra Alemania por la Rusia paneslavista; no olvido las continuas prácticas de movilización, cuyo único objetivo era hostigar a Alemania; no puedo olvidar el estado de opinión pública en Rusia que, antes de la guerra, se superaba a sí ni en ataques inspirados por el odio hacia nuestra nación e Imperio, como tampoco puedo olvidar a la gran prensa rusa, que siempre estuvo más a favor de Francia que de nosotros.

La presente consolidación de las Grandes Potencias es la última señal de advertencia para que reflexionemos y devolvamos a nuestro pueblo de su país de sueños a la dura verdad, y señalemos el camino por el cual únicamente el viejo Reich podrá florecer una vez más.

Si el movimiento nacionalsocialista se deshace de todas las ilusiones y toma a la razón como su única guía, la catástrofe de 1918 puede resultar ser una inmensa bendición para el futuro de nuestra nación. Podemos terminar por ganar lo que Inglaterra posee, lo que incluso Rusia poseía, y lo que Francia, una y otra vez, utilizó para tomar decisiones correctas en pro de sus propios intereses: una Tradición Política.

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