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Capítulo X: La farsa del federalismo

Nuestro punto de vista ha de ser siempre el de la alta política nacional y jamás debe ser estrecho o particularista.

Esta última observación es necesaria para que nuestros partidarios no vayan a imaginarse que nosotros, los nacionalsocialistas, pensaríamos en negar que el Reich tiene derecho a asumir una soberanía superior a la de los Estados individuales. Sobre ese derecho no debe ni puede haber duda alguna.

Dado que para nosotros el Estado en sí no es más que una forma, mientras que lo esencial es aquello que este engloba, a saber, la nación, el pueblo, resulta evidente que todo lo demás debe subordinarse a los intereses de la nación; y, en particular, no podemos permitir que ningún Estado aislado dentro de la nación y del Reich (que representa a la nación) goce de soberanía política independiente como Estado.

Es menester acabar, y se acabará, con la enormidad de permitir que los Estados de la Confederación mantiendan legaciones en el extranjero. Mientras eso siga siendo posible, no tendremos derecho a extrañarnos de que los extranjeros sigan dudando de la solidez de la estructura de nuestro Reich y adopten sus medidas en consecuencia.

La importancia de los Estados individuales residirá en el futuro más en el aspecto cultural. El monarca que más hizo por la reputación de Baviera no fue ningún particularista obstinado con sentimientos antialemanes, sino uno que simpatizaba tanto con una Gran Alemania como con el arte: Luis I.

El Ejército debe mantenerse estrictamente al margen de todas las influencias de los distintos Estados.

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