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Capítulo IV. La personalidad y la concepción del Estado nacional

política, la forma parlamentaria de gobierno es su expresión, y eso es lo que está causando semejante daño, desde el consejo parroquial más pequeño hasta el poder que controla a todo el Reich.

El marxismo nunca ha sido capaz de fundar una cultura o de crear un sistema económico por sí mismo, sino que, además, nunca se ha hallado realmente en condiciones de mantener un sistema existente de acuerdo con sus propios principios.

Pero, al cabo de muy poco tiempo, se vio obligado a desandar sus pasos y a hacer concesiones a la teoría del principio de la personalidad; incluso en su propia organización es incapaz de negar dicho principio.

La teoría nacional del mundo debe, por tanto, diferenciarse por completo de la teoría marxista; debe depositar su fe en la raza, y también en la importancia de la personalidad, y hacer de ellas los pilares que sustenten todo su edificio. Estos son los factores básicos de su visión del mundo.

El Estado nacional debe trabajar incansablemente para liberar a todo el gobierno, especialmente al más alto, es decir, al liderazgo político, del principio de control por parte de las mayorías —es decir, la multitud—, para asegurar en su lugar la autoridad indiscutida del individuo.

La mejor forma de Estado y Constitución es aquella que, con natural seguridad de mano, eleva a los mejores cerebros de la comunidad a una posición de liderazgo e influencia predominante.

No debe haber ninguna mayoría que tome decisiones, sino meramente un cuerpo de personas responsables, y la palabra «Consejo» volverá a su significado antiguo. Cada hombre tendrá consejeros a su lado, pero la decisión la tomará el único Hombre.

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