El ataque contra el dogma es en sí mismo, por lo tanto, muy semejante a la lucha contra los principios jurídicos generales del Estado, y así como esta última terminaría en una completa anarquía estatal, el primero terminaría en un nihilismo religioso sin esperanza.
Un político, sin embargo, debe estimar el valor de una religión, no tanto en relación con los defectos inherentes a ella, cuanto en relación con las ventajas de un sustituto que pueda ser manifiestamente mejor.
Pero hasta que aparezca tal sustituto, solo los necios y los criminales destruirán lo que hay en el acto.
El hecho de que muchas personas en la Alemania de antes de la guerra sintieran aversión por la vida religiosa debe atribuirse al mal uso que del cristianismo hizo el llamado partido «cristiano», y a la desvergüenza del intento de identificar la fe católica con un partido político.
Esta aberración fatal brindó oportunidades a varios miembros inservibles del Parlamento, pero causó perjuicio a la Iglesia.
Pero era la nación entera la que tenía que cargar con las consecuencias, dado que los resultados que trajo consigo al debilitar la vida religiosa coincidieron con un período en el que todo empezaba a aflojarse y cambiar, y los principios tradicionales de la moral y el comportamiento amenazaban con venirse abajo.
Estas brechas y grietas en el tejido de nuestra nación habrían podido continuar sin peligro, siempre y cuando no se hubiera ejercido sobre ellas ninguna tensión especial, pero estaban destinadas a causar un desastre, en el supuesto de que una avalancha de grandes acontecimientos convirtiera la cuestión de la solidaridad interna de la nación en un asunto de importancia decisiva.
También en el ámbito de la política, un ojo observador podía señalar males que, a menos que pronto se emprendieran modificaciones y