¡Ay!, el mundo era otro en muchos sentidos. El espíritu del ejército en el frente parecía no tener cabida aquí. ¡Me tropecé por primera vez con algo que hasta entonces era inaudito en el frente: presumir de la propia cobardía!
Tan pronto como estuve en condiciones de caminar, conseguí permiso para visitar Berlín.
La amarga pobreza era evidente en todas partes. La ciudad de millones de habitantes se moría de hambre. Había mucho descontento.
En algunas casas que los soldados visitaban, el tono era muy similar al del hospital. Uno tenía la impresión de que esos tipos buscaban adrede tales lugares para ventilar sus opiniones.
En Múnich las condiciones eran mucho, muchísimo peores. Cuando me hube recuperado y recibí el alta del hospital, me destinaron al batallón de reemplazo, y sentí que apenas reconocía de nuevo la ciudad. Ira, descontento y maldiciones por dondequiera que iba.
Los soldados que regresaban del frente tenían ciertas peculiaridades, explicables por su servicio en el frente, que eran completamente incompre¬hensibles para los ancianos comandantes de las unidades de reserva, pero resultaban obvias para un oficial que acababa de volver él mismo. El respeto que los hombres profesaban a uno así era muy distinto del que se le otorgaba a un oficial de la retaguardia.
Salvo por estas excepciones, el espíritu general era miserable. Escabullirse del servicio casi contaba como un signo de inteligencia superior; la devoción al deber, como marca de debilidad y estrechez de miras.
Las oficinas estaban llenas de judíos. Casi todos los oficinistas eran judíos, y casi todo judío era oficinista. Me asombró esta masa de combatientes de la raza elegida, y no pude evitar compararla con la escasez con la que estaban representados en el frente.