desarrollo, combinado con una implacable determinación de destruir las excrecencias que no pudieran remediarse.
Así como la Naturaleza no se concentra en mantener lo existente, sino en cultivar un nuevo crecimiento con el fin de perpetuar la especie, así en la vida humana no debemos ensalzar el mal existente, lo cual, debido a la naturaleza del hombre, es imposible en noventa y nueve de cada cien casos, sino asegurar desde el principio mejores métodos para el desarrollo futuro.
Durante mi lucha por la existencia en Viena percibí con claridad que la tarea social jamás puede consistir en una labor asistencial, la cual es tan ridícula como inútil, sino más bien en la eliminación de los errores profundamente arraigados en la organización de nuestra vida económica y cultural, los cuales conducen inevitablemente a la degradación del individuo, o al menos pueden desencadenar su extravío.
Como el Estado austríaco ignoraba prácticamente por completo la legislación social, su incapacidad para abolir las excrecencias malignas se destacaba con fuerza ante los ojos de uno.
No sé qué me consternaba más en aquella época: la miseria económica de nuestros compañeros de trabajo, su crudeza moral o el bajo nivel de su desarrollo espiritual.
¿No se indigna moralmente nuestra burguesía con frecuencia cuando se entera por boca de algún miserable vagabundo de que no le importa si es alemán o no, de que le da exactamente igual con tal de tener lo suficiente para mantenerse con vida? Protestan de inmediato a gritos contra semejante falta de «orgullo nacional»; y su horror ante tales sentimientos halla una fuerte expresión.
Pero ¿cuántos se preguntan realmente por qué ellos mismos tienen un sentimiento mejor?