Ella siempre luchaba con cuantas armas fuesen necesarias para asegurar el éxito. Luchaba con mercenarios mientras los mercenarios fuesen suficientemente buenos; pero se apoderaba de la mejor sangre de toda la nación cada vez que tal sacrificio era necesario para garantizar la victoria, y siempre tenía la determinación de luchar, y era tenaz e implacable en la conducción de sus guerras.
En Alemania, sin embargo, a medida que pasó el tiempo, se fomentó, por medio de las escuelas, la prensa y las revistas satíricas, una imagen de la vida británica y, más aún, del Imperio, que estaba destinada a conducir a un autoengaño de lo más inoportuno; pues todo se fue contaminando gradualmente con esta basura, y el resultado fue una baja opinión de los británicos que terminó vengándose de la manera más amarga.
Esta idea errónea caló tan hondo que todo el mundo estaba convencido de que el inglés, tal como se lo imaginaban, era un hombre de negocios, a la vez astuto e increíblemente cobarde. A nuestros dignos profesores transmisores de conocimiento jamás se les pasó por la cabeza que algo tan vasto como el Imperio mundial británico jamás podría haberse reunido y mantenido unido meramente mediante estafas y métodos turbios.
Los pocos que advirtieron sobre esto fueron ignorados o silenciados. Recuerdo claramente el asombro en los rostros de mis camaradas de armas cuando nos encontramos cara a cara con los Tommies en Flandes. Ya tras los primeros días de combate, a cada cual le amaneció en la cabeza que aquellos escoceses no se correspondían exactamente con la gente que los escritores de revistas satíricas y los reportajes de prensa habían tenido a bien describirnos.
Comencé a reflexionar entonces sobre la propaganda y las formas más útiles de esta.
Esta falsificación ciertamente tenía sus conveniencias para quienes la propagaban; podían demostrar mediante ejemplos, por incorrectos que