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Capítulo III: Consideraciones políticas derivadas de mi estancia en Viena

alto de los edificios se alejan las unas de las otras hacia los cuatro puntos cardinales, simbolizando así a la perfección las tendencias divergentes que bullen en su interior.

Las nacionalidades lo habrían tomado como un insulto y una provocación si en aquella obra se hubiera glorificado la historia austríaca, del mismo modo que en el Imperio alemán no fue hasta que se oyó el trueno de la batalla en la Guerra Mundial cuando se atrevieron a consagrar el edificio del Reichstag de Paul Wallot en Berlín con una inscripción: «Al pueblo alemán».

El destino de la raza alemana en el Estado austriaco dependía de su fuerza en el Reichsrat.

Hasta el momento en que se introdujeron el sufragio universal y el voto secreto, todavía había una mayoría alemana en el Parlamento. Este estado de cosas era especialmente censurable porque, debido al comportamiento poco fiable de la socialdemocracia en el sentido nacional, esta siempre se oponía a los intereses alemanes en cuestiones críticas que afectaban a la raza alemana, para no indisponerse con sus partidarios entre las distintas razas extranjeras.

Ya entonces no se podía considerar a los socialdemócratas como un partido alemán. Tras la instauración del sufragio universal, la superioridad alemana cesó incluso como mayoría numérica. Ya no quedaba nada que se opusiera a la continua desgermanización del Estado.

El deseo de autoconservación nacional me llevó, por tanto, a sentir muy poco entusiasmo por la representación popular, en la que la raza alemana siempre resultaba traicionada en lugar de ser representada. Por otra parte, estos eran males que, como tantos otros, no eran atribuibles a la cosa en sí, sino al Estado austriaco. En los primeros tiempos todavía creía que, si se restablecía la mayoría alemana en los

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