que persisten en ella la pro¬ claman como el objeto de su acción en la política, y al hacerlo tienden a consolidar la alianza hostil que de otro modo se iría desmoronando en el curso natural. Esta es la única explicación de que, ocho años después de una lucha mundial en la que tomaron parte Estados con deseos y objetivos heterogéneos, la entonces victoriosa coalición logre mantenerse en una formación más o menos sólida.
Todos esos Estados se beneficiaron en su momento del colapso de Alemania. El miedo a nuestra fuerza relegó a un segundo plano la envidia y los celos mutuos entre las distintas Grandes Potencias. Consideraron que, si nuestro Imperio podía ser repartido entre ellos, sería la mejor defensa contra cualquier resurgimiento futuro. Una conciencia culpable y el temor a la fuerza de nuestra nación son el cemento más eficaz para mantener unidos a los miembros de esa alianza.